Durante años hemos hablado de inteligencia artificial. Dos letras que ya forman parte del lenguaje cotidiano: IA en español, AI en inglés.
Pero quizá estemos asistiendo al comienzo de un cambio de nombre.
Ese mismo día, Trump se reunió en la Casa Blanca con dirigentes de algunas de las principales compañías tecnológicas y de inteligencia artificial. Empresas como Google, Meta, OpenAI, Anthropic, xAI y Nvidia participaron en el acuerdo voluntario anunciado por la Administración.
La pregunta ahora es otra:
¿La sociedad empezará a llamar SI a lo que hasta ahora llamaba IA?
¿Por qué quieren cambiar IA por SI?
La explicación oficial tiene que ver con la evolución de la tecnología.
La Casa Blanca sostiene que las capacidades de los sistemas actuales han avanzado mucho más allá de aquello que originalmente describía el término “Artificial Intelligence”. Según la orden ejecutiva, estas tecnologías ya no se limitarían a imitar o automatizar determinadas capacidades humanas, sino que amplificarían la creatividad y las capacidades de las personas en ámbitos como la ciencia, la medicina y otros sectores.
Por eso, según la Administración estadounidense, “Super Intelligence” describe mejor esta nueva etapa tecnológica.
Hay además una razón semántica expresada directamente por Trump.
El presidente ha argumentado que la palabra “artificial” puede hacer que la inteligencia parezca falsa o de algún modo irreal, mientras que “super” pretende transmitir la magnitud de las capacidades que está desarrollando la tecnología. En una comparecencia posterior a la reunión con los ejecutivos tecnológicos, afirmó directamente que el nombre había cambiado oficialmente de AI a SI.
Pero existe otra cuestión mucho más interesante.
¿Es realmente un cambio de nombre o un cambio de percepción?
Aquí comienza el debate.
El término “inteligencia artificial” arrastra ya una enorme cantidad de significados.
IA puede relacionarse con asistentes conversacionales, generación de imágenes, automatización, robots, algoritmos, vehículos autónomos, análisis de datos, sistemas médicos o herramientas empresariales.
Pero también puede asociarse con pérdida de empleos, problemas de privacidad, desinformación, consumo energético, regulación y riesgos de seguridad.
El término “superinteligencia”, en cambio, tiene una connotación diferente.
Suena a algo más avanzado.
Más poderoso.
Más cercano a una nueva generación tecnológica.
Y algunos analistas han interpretado precisamente el cambio de nombre como un intento de modificar la percepción pública de la tecnología. Axios, por ejemplo, señala que existe preocupación en Washington y Silicon Valley por la reacción pública negativa hacia la IA y, especialmente, hacia los centros de datos, mientras que el nuevo término puede ayudar a desplazar el relato hacia las posibilidades y beneficios de la tecnología.
Eso no significa necesariamente que todos los ejecutivos que utilizan “superintelligence” estén participando en una estrategia de comunicación coordinada para cambiar la percepción pública. Pero el contexto hace inevitable plantearse esa posibilidad.
Hay un problema: “superintelligence” ya significaba otra cosa
Y aquí aparece una paradoja.
En el mundo de la investigación sobre inteligencia artificial, superintelligence no es simplemente un sinónimo de AI.
El concepto se utiliza desde hace años para describir, de manera general, sistemas cuya capacidad cognitiva supera ampliamente a la humana en prácticamente todos los ámbitos relevantes. El término está asociado, entre otros, al trabajo del filósofo Nick Bostrom y a buena parte del debate sobre los posibles escenarios futuros de la IA.
Por tanto, utilizar SI como sustituto general de AI puede generar una cierta confusión.
Una IA que genera una imagen.
Un chatbot.
Un sistema de recomendación.
Un modelo capaz de programar.
Y una hipotética inteligencia que superase ampliamente las capacidades cognitivas humanas no son necesariamente la misma cosa.
Sin embargo, la orden ejecutiva estadounidense utiliza “Super Intelligence” y “SI” para referirse al conjunto de tecnologías que hasta ahora se englobaban bajo “Artificial Intelligence”.
¿Y las empresas?
El contexto empresarial también resulta significativo.
El acuerdo firmado en la Casa Blanca establece una serie de compromisos voluntarios relacionados con controles internos, equipos de supervisión, auditorías externas y revisión por parte de los consejos de administración.
Es decir, el cambio de nombre se produce al mismo tiempo que la industria intenta construir un marco de autocontrol y supervisión de los sistemas más avanzados.
Eso abre otra pregunta:
¿Estamos simplemente ante una nueva palabra para describir una evolución tecnológica o ante una nueva forma de presentar esa tecnología ante la sociedad?
No necesariamente son cosas incompatibles.
Una industria puede considerar que una tecnología ha evolucionado tanto que necesita una nueva denominación y, al mismo tiempo, ser consciente de que esa nueva denominación modifica la percepción pública.
¿Conseguirá SI sustituir a IA?
Esta es probablemente la parte más interesante.
Un Gobierno puede cambiar la terminología que utiliza en sus documentos.
Una empresa puede cambiar la terminología de su departamento.
Un presidente puede pedir que una determinada palabra desaparezca de las comunicaciones oficiales.
Pero el lenguaje no pertenece a los Gobiernos ni a las empresas.
Pertenece a quienes lo utilizan.
Y aquí aparece un experimento lingüístico bastante curioso.
Durante los próximos meses podremos comprobar si la población empieza realmente a decir:
“He utilizado SI para crear esta imagen.”
en lugar de:
“He utilizado IA para crear esta imagen.”
O si seguimos diciendo:
“Esta aplicación utiliza inteligencia artificial.”
Aunque una parte de la industria y de las instituciones estadounidenses empiece a hablar de SI.
¿IA o SI?
Quizá todavía sea demasiado pronto para saberlo.
La orden de la Casa Blanca es real y el cambio de terminología ya afecta oficialmente a la comunicación del Ejecutivo estadounidense. Pero eso no significa que el resto del mundo vaya a adoptar automáticamente el nuevo término.
De hecho, los primeros datos apuntan a que “AI” continúa teniendo una ventaja enorme en el lenguaje cotidiano. Una encuesta de YouGov citada por Axios a finales de septiembre encontró que el 53 % de los encuestados prefería “artificial intelligence”, frente al 9 % que prefería “super intelligence”.
Y quizá ahí esté la verdadera cuestión.
¿Puede la industria tecnológica cambiar el nombre de una tecnología?
¿O es la sociedad la que decide finalmente cómo llamarla?
Tal vez dentro de unos años hablemos de SI con la misma naturalidad con la que hoy hablamos de IA.
O quizá “Super Intelligence” quede como una denominación utilizada principalmente por la Administración estadounidense y determinadas compañías, mientras que el resto del mundo continúe utilizando “inteligencia artificial”.
El experimento acaba de empezar.
Y ahora queda observar qué palabra termina adoptando la gente.
¿IA o SI?



